Inteligencia emocional y habilidades sociales en el trabajo

 

Daniel Goleman demostró hace quince años que “la inteligencia emocional es el ingrediente fundamental de la competitividad en el nuevo paradigma económico”. Ya nadie lo duda: los negocios y los servicios giran sobre la capacidad de reconocer los propios sentimientos y los de los demás, de motivarse y controlar las emociones, y de relacionarse eficazmente mediante habilidades emocionales.

Los clientes reclaman que los productos, los servicios, los líderes y las organizaciones les emocionen; los servicios con éxito se han de construir sobre emociones y no sobre productos; el éxito tiene más que ver con la atracción emocional que con el convencimiento racional. Por eso, las empresas e instituciones de vanguardia saben que las emociones han de ser objetivo de las estrategias. Ridderstale y Nordstrom han acuñado el concepto de “empresa emocional”: aquella que sabe construir una relación emocional entre directivos y empleados, con los proveedores, los clientes y todos los stakeholders.

De hecho, el éxito directivo, profesional y personal está más ligado a las competencias emocionales que al coeficiente intelectual. De ahí que resulte imprescindible asomarse a la inteligencia emocional, con el triple objetivo de entender en qué consiste, desarrollarla en uno mismo y poder aplicarla a las relaciones con los demás en los entornos profesionales.

Cuando se recurre sistemáticamente a aplicar la inteligencia emocional, los beneficios empresariales son evidentes: mejora el entusiasmo, la motivación, la resistencia a la frustración, la creatividad, el trabajo en equipo y la reputación corporativa. Pero lo mejor es que quien apuesta decididamente por mejorar su inteligencia emocional, aumenta también su felicidad personal. Hay pocas cosas que valgan más la pena.

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